Tercera Llamada

Ismael Estrella Guerrero

 

Los temblores del recuerdo

Estaba acostado.

Eran las 5:30 de la tarde del martes de un caluroso mes de septiembre del 2010.

Era apenas el segundo día de la semana y ya me ganaban las ganas de irme con mi compadre a echarme unas “chelas” para “curármela” en el 30 60 90.

Estaba quietecito.

No había ningún ruido, salvo el sonido que producía el motor del aire acondicionado; ni siquiera quería ver la taravisión. Lo que ansiaba era dormir para reponerme de la desvelada de la noche anterior. ¡Del lunes!

En esas estaba, componiendo el mundo, pensando en cómo ganar los millones de pesos sin tener que trabajar y mucho menos desgastarme.

No pasaba nada, todo era paz y tranquilidad en el cuarto helado donde reposaba, cuando sentí un ligero temblor en la cama.

Al principio fue imperceptible, sentí que se movían sus “patas”… arriba-abajo, pero despacio, casi de una manera escalonada.

Desde luego quedé anonadado- fue cosa de milésimas de segundos- pero lo percibí, lo juro, porque instantes después el movimiento ya fue más fuerte aunque hayan sido 2 ó 3 segundos cuando mucho lo que duró el bailoteo del lecho.

Me quedé acostado, no hice nada, ni “pestañie” siquiera.

-Ya me cargó la “chingada”- fue lo primero que pensé. -Nomás falta que empiece a ver cocodrilos rojos y elefantes rosas. -¡Es el delirium que llega en la plenitud de mis 40 años!- Fue lo que se me ocurrió pensar en ese momento.

Mi esposa acababa de salir del baño que se encuentra como a unos diez metros de la recámara. Estaba por entrar cuando ocurrió el hecho que les narro.

Al llegar, se sentó al lado derecho y desde luego que no le dije nada, pero no se crean que fue por miedo u otra cosa. ¡No! qué va.

Ocurre que existe un antecedente que tengo que decirlo para que me entiendan mejor. Hace varios años estábamos de vacaciones en mi pueblo, El Fuerte de Montesclaros- donde los hombres se dan, y no unos con otros precisamente- durmiendo en la recámara de una casona vieja, de esas del siglo XIX, donde me pasó lo mismo.

Aquella vez no había tomado ni una gota de alcohol. Se los juro. Es más, ahora que me acuerdo todavía no era bebedor.

Ya nos habíamos acostado cuando sentí que ¡me movían la cama! No crean que fue algo leve. “No´mbre”.

Fue como una “tracatera”; las patas del camastro bailaron.

Lo digo en verdad, no miento. Era como pa´dar miedo.

Todo ocurrió en un instante y cuando recuperé el habla, en un santiamén desde luego, le pregunté a mi cónyuge que sí lo había sentido:

-Sí- respondió, y no comentó más.

-Han de ser los duendes que habitan aquí- Le susurré al oído.

El cuarto estaba en semi penumbras, pero le distinguí el rostro ceñudo cuando volteó a verme y me respondió: -Qué duendes ni que madres, deja dormir ya.

Lo gritó de un modo imperativo que no me quedó más recurso que tratar de conciliar el sueño. ¡Claro que no pegué los ojos en horas! No te digo.

Quiero decirles que aún conservo un viejo refrán de mi abuelo, el apá de mi apá que decía: “Desde que se inventó la luz eléctrica, se acabaron los fantasmas”. Aquella noche nunca pude encontrar el switch para prender el foco de la recámara.

Desde luego que cada vez que regresamos al mismo sitio, no he intentado siquiera dormir en el lugar.

Por eso, el martes de ese mes de septiembre del 2010 cuando entró a la recámara, no le dije absolutamente nada a “mi vieja” (no le gusta que le diga así) y cuando se aposentó en la orilla de la cama, deseé con todo mi corazón, buchi, tripa, hígado y demás, que los pinchis duendes- según yo- hicieran su aparición y la mecieran con fuerza, que lo sintiera. Entonces yo sí que me reiría de ella y creería en mí. Aunque fuera la primera vez.

¡Qué bah! Ni el apache güero la asusta.

No pasó ni dije nada.

Esperé en vano.

Nuevamente me quedé callado y ya no ocurrió el mismo fenómeno.

-¿Qué tal sí el de la bronca era yo?

Ya no salí en toda la tarde. Me dormí temprano y al día siguiente al ir por las tortillas, el queso y los huevos para el desayuno, me llamó la atención la portada de El Sol de Mazatlán: TEMBLÓ, decía.

Todavía no me caía el “veinte” ni tampoco hilé esa nota periodística con lo ocurrido en la casa, por eso cuando llegué a la obra donde trabajo como ingeniero- es una construcción por el Malecón- y escuché los comentarios de mis compañeros sobre el temblor que se había sentido el día anterior en el puerto ya pude respirar tranquilo; supe a ciencia cierta que había pasado.

De seguro ocurrió lo mismo la vez de mi pueblo.

¡Qué duendes ni que nada!

Mazatlán sintió un movimiento telúrico a las mismas horas que aprecié el temblor en la cama de mi casa. Eso fue lo que aconteció.

Que “delirium” ni que ojos de hacha.

Por eso, después de la que me puse anoche, hoy sí me la curo, así tiemble, llueva, truene o relampaguee, y me vuelvan a mover la cama.

Aunque ¿Saben qué? No.

Mejor no, quien quita y me agarre en mis 5 sentidos.

Entonces sí:

¿Qué voy a creer qué ocurrió?

Todavía me acuerdo de ese 10 de septiembre como si hubiera sido ayer.

Escríbanos, si quiere: ismael.estrella@live.com.mx