Reelección presidencial (I/II)



Por: Marco Antonio Andrade Aguirre
andrade.aguirre@hotmail.com

La reelección presidencial representa para la mayoría de los mexicanos un prejuicio histórico que, después de más de cien años, no hemos podido superar para eliminar de nuestra cultura cívica el trauma político heredado de Porfirio Díaz a quien recordamos como el último presidente reelecto en nuestro país.

Nuestro rechazo automático al tema de la reelección obedece a que siempre la hemos asociado, con toda razón, a dos factores principales: al abuso del poder y a la fuerza represiva del Estado.

Las huelgas de Cananea y Rio Blanco de 1906 son los referentes naturales de ambos factores.

La importancia del movimiento obrero de Cananea no solamente propicio el inicio de la caída del régimen porfirista, sino que también inspiró la configuración de la constitución de 1917 a la que algunos teóricos consideran la primera constitución político social del mundo.

Las demandas centrales de la huelga minera de “cinco pesos de salario y ocho horas de trabajo” fueron, junto al principio de “sufragio efectivo, no reelección”, las causas fundamentales que motivaron la insurgencia popular por las cuales en 1911 se derrumbó al gobierno de esa época y concluyó la última de las siete reelecciones iniciadas en 1876 por Don Porfirio.

Los ánimos reeleccionistas y la vocación autocrática de diversos presidentes son parte de nuestra historia. Antonio López de Santa Ana fue 11 veces presidente de méxico entre 1847 y 1863. Porfirio Díaz ocupo la presidencia en siete ocasiones de 1876 a 1911. Don Benito Juárez fue presidente cinco veces durante 15 años de 1857 a 1872, respectivamente.

Es decir, durante 66 años la presidencia de la república fue ocupada tan solo por tres presidentes, siendo Porfirio Díaz quien se apropio de ella durante 35 años. A los Porfirios les encantan las presidencias, al parecer, y la reelección, aún más. Llegados al poder difícil lo regresan.

Actualmente tenemos una situación ambivalente sobre la reelección consecutiva ó inmediata para ocupar cargos de eleccion popular. La reelección en méxico es una realidad politica acotada y un derecho constitucional perfectamente aceptado, sin discusión ni oposición de nadie.

Ni la sociedad civil ni los partidos cuestionan nada. Prevalece una aceptación basada en una evidente doble moral pública, ó incluso, en una insólita indiferencia ciudadana.

La reelección de senadores, diputados federales, diputados locales, alcaldes, síndicos y regidores no forman parte de cuestionamiento ó inconformidad alguna, pero cuando se vislumbra la posibilidad de la reelección presidencial, el furor político y el temperamento colectivo es otro.

Más que una discusión sustentada ó un análisis razonable para evaluar una eventual reelección presidencial, como está permitida en la mayoría de los países latinoamericanos y en las democracias más desarrolladas, prevalecen en nosotros los demonios de una obsesión congénita ó genética por conservar inamovible el periodo sexenal de los presidentes.
Creo que esta realidad si es, a diferencia del fenómeno de la corrupción, justificada cínicamente por el presidente anterior, un verdadero problema cultural.

Estamos atrapados en una contradicción politica silenciosa y desigual.

Las opiniones unánimes, aunque reactivas en contra de la reelección presidencial, representan un tema de cultura cívica y politica, sin duda, mismo que en las actuales complejidades sociopolíticas y en el vertiginoso avance de este siglo XXI, es pertinente abordar con la misma serenidad como sucedió con la reforma propuesta al respecto por el entonces presidente Enrique Peña Nieto.

La reforma electoral del 2014 reinauguró, después de 102 años de prohibición constitucional, la reelección inmediata en nuestro país, aunque con las ambigüedades ó las deficiencias legislativas de siempre. Existen disparidades y asimetrías entre estados.

En congruencia con los nuevos lineamientos constitucionales, 24 estados aprobaron la reelección consecutiva de diputados y alcaldes por cuatro periodos equivalentes a 12 años.

Mientras que en siete entidades federativas (zacatecas, tamaulipas, chihuahua, colima, hidalgo, aguascalientes y quintana roo) la limitaron a dos ocasiones por un plazo máximo de 6 años.

Cuestión de enfoque interpretativo ó intereses locales así lo determinaron. Aunque en el fondo se revela una consecuencia inocultable que cuando no hay capitán, gobiernan marineros.

Por su parte, dicha reforma estableció que a partir del 2018 se permite la reelección consecutiva de senadores por dos periodos ó doce años, igual que la de diputados locales y federales por cuatro ocasiones por un plazo de doce años.

No obstante, la restricción a dicho criterio fue para los alcaldes e integrantes de los cabildos, quienes pueden ser electos únicamente por dos mandatos ó seis años en el cargo, ni uno más.

Es decir, en 2021 y 2024 veremos, aunque ya está vigente desde 2018, como es el caso de Sonora, una mayor concurrencia reeleccionista de diputados locales, alcaldes y diputados federales, quienes se someterán a la prueba del ácido popular compitiendo por el mismo cargo actual.

La reelección de alcaldes y diputados no es, bajo ninguna circunstancia, automática ni obligatoria, mucho menos. Se trata del ejercicio de un derecho potestativo ó de una decisión discrecional para competir de nueva cuenta y poder ser electo en forma consecutiva por los mismos electores de su distrito ó municipio. No todos lo harán, ni muchos estarán interesados, de seguro.

Sin embargo, los imponderables candados legislativos, puestos con la intención teórica de evitar fracturas, divisiones, chantajes ó chapulinazos partidarios, señalan que el registro de un candidato sea hecho por el mismo partido ó coalición que originalmente lo postuló, salvo que éste haya renunciado al partido en la primera mitad de su mandado, cuyo amarre los obliga a buscar el registro por el mismo partido, ó en su caso, competir como candidato independiente. No hay otra.

Esta condicionante pone de relieve que si existe libertad politica en los partidos, pero no tanta.

Salud.

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